Vargas Llosa, la miss y yo
“¿Qué te parece la figura de Vargas Llosa?
Pues le sigo hace tiempo, nunca he tenido la suerte de leer nada de él”
Sofía Mazagatos, miss
Se trata de una de las frases más célebres de la inefable miss. Es una gran frase, que además de invitar a la risa, es una sincera declaración de intenciones arrancada espontáneamente. Como las promesas de una vida nueva de principios de año. O como las fugaces visitas al gimnasio de todos los septiembres que no duran mucho más allá de los primeros fríos del otoño. Un querer sin poder. Un me gustaría ser Gisele Bündchen pero solo soy Sofía Mazagatos.
Yo también me sentía así…
Después de una juventud entregada a Asimov, a Tolkien y los Caballos de Troya del también inefable J.J.Benitez, después de superar todas las crisis lectoras que sufrí en la veintena, después de consolidarme como lector contra viento, marea y las estadísticas, me faltaba algo. Como a la inefable miss, me faltaba adorar a Vargas Llosa. Necesitaba que me encantaran sus novelas. Y, a diferencia de la inefable miss, al menos leer alguna de ella.
Pero no puedo traicionar este ejercicio de sinceridad. Mi primer encuentro con el Nóbel peruano fue muy temprano, con los veinte cumplidos, pero fue frío y fugaz como la visita a un prostíbulo. Fue producto de una promoción literaria anunciada por tv, una manera de vender libros habitual disimulada entre las docenas de coleccionables por fascículos que inundan los kioscos todos los otoños. Caí en la tentación, aunque solo compré la entrega promocional. 2 libros a precio de risa, 300 o 500 pesetas. Eso si, encuadernados con papel de fumar y cartón de calidad paupérrima.
“Lituma en los Andes”, así se llamaba la novela. Premio planeta 1993. Hoy en día apenas recuerdo nada, un policía de la capital que va a investigar un asesinato al interior del país. Allí es recibido con recelo. Creo que era un relato social, de contrastes entre los peruanos costeros y los andinos, no sé. Tres lustros después leyendo alguna reseña descubro que se trataba de una reescritura del mito de Dioniso (perdonad mi ignorancia supina en mitología griega). La novela, recuerdo, sin disgustarme, me dejó una sensación extraña. Tal vez la sensación que, por mucho premio planeta que le avale (si es que este tipo de premios avalan algo), se trataba de una obra que no merecía elevar a los altares a su autor.
Tras este borrón pasaron los años y se abrió la distancia entre el escritor peruano y yo. Yo también estudié como la inefable miss, me culturicé mínimamente, aprendí algo de inglés, recorrí un poco de mundo, y me olvidé de Vargas Llosa.
El esperado encuentro literario se p
ostergaba sine die. Durante 15 años seguimos dándonos la espalda, hasta que hace unos meses cayó en mis manos “La ciudad y los perros”. No es exacto. Confieso que fui yo quien salió en su busca. Le tenía ganas a su opera prima (al menos la primera obra de éxito). Tal vez pensando que como pasa con muchos autores la primera es también la mejor. Como si hubieran echado toda la carne en el asador en la primera oportunidad y luego se hubieran quedado sin carne para posteriores entregas.
Demasiadas ganas le tenía, tal vez. Error de principiantes. Si algo he aprendido de literatura en estos años es que unas altas expectativas suelen garantizar una decepción. El tema me atraía, siempre que se desprestigie a las instituciones militares…y ciertamente no salen muy bien paradas. Pero la novela es más que eso, es rica y coral, además de una crítica de la sociedad peruana. Alabo su complejidad y su elaboración pero no estaba preparado para esto. Sin sentirme decepcionado, tampoco quedé satisfecho. 15 años de espera, pueden llegar a idealizar una obra hasta el punto en el que en mi imaginación supere la realidad.
Como suele ocurrir con tantos asuntos cotidianos, solo hace falta desear una cosa para que se cumpla la contraria. Mi adoración en ciernes se resquebrajaba antes de nacer. Me gustaría preguntar a la miss si sintió lo mismo cuando leyó (como dice haber hecho) por primera vez a Vargas Llosa.
Después de
este sinsabor, podría haber mirado hacia otro lado, pero preferí regalar una nueva oportunidad al peruano. Tal vez debía haber apostado a caballo ganador y seleccionar alguna de sus otras llamadas maestras, como “La casa verde”, “Conversación en la catedral”, o “La guerra del fin del mundo”. Sin embargo hice todo lo contrario, y compré su obra más reciente y primera post-Nóbel, “El sueño del Celta”. Una biografía novelada de un personaje real Roger Casament. Es un elogioso intento de denuncia de la colonización europea en África y América. Pero ahí se queda. Como novelita es entretenida, pero ¿Dónde está el laureado literato que supuestamente debía idolatrar como a una deidad romana?
En este punto tengo que dejar mi aventura literaria en suspenso. Posiblemente ya he llegado más lejos que la miss, pero realmente no he encontrado lo que buscaba.
Será algo temporal, ya que ese impulso suicida que tenemos a veces las personas me impelió a comprar 2 novelas más antes de descubrir que cabía la posibilidad que Vargas Llosa no me entusiasmara tanto como creía. No es la primera vez que me pasa. Ese otro sentido de responsabilidad que, aunque menos frecuente, también a veces tenemos las personas, me obligará a leerlos.
No me duele admitirlo: Después de 3 lecturas confieso que aún no adoro a Varga Llosa. Pero no voy a repartir culpas, me las quedo todas. El responsable soy yo mismo por cometer el mismo error que la inefable miss: adorarlo antes de leerlo.



Por si te sirve de consuelo yo no lo aguanto.
Me aburren sus libros. Es más me cae mejor la Mazagatos.
me consuela me consuela… pensaba que era el único